El Grupo Carlyle y sus conexiones mafioso-financieras

Primer gestor mundial de valores financieros y fondos de inversión, el Carlyle Group agrupa a la flor y nata de la política mundial.

Dirigido por el ex Secretario de Defensa Frank Carlucci, incluye tanto a George Bush padre como a los Bin Laden, George Soros, Mijail Jodorkovsky o John Major. Se ha especializado en asumir el control de sociedades de armamentos y de medios de comunicación.


Aprovechando el mandato presidencial de uno de sus ex cuadros, Bush hijo, el Grupo influye de acuerdo con sus intereses en la política exterior de los Estados Unidos.  Usando y abusando de sus relaciones, el grupo obtiene el 30% de retorno por concepto de inversiones, a riesgo de verse regularmente envuelto en casos de delito financiero y de corrupción.

El jefe del Carlyle Group, Frank Carlucci, se ha convertido en «el hombre con el que hay que contar» en Washington. Es miembro, en efecto, de la junta administrativa de numerosas sociedades e influye notablemente en la política exterior y de defensa de los Estados Unidos.

De Kinshasa a Tanzania, pasando por Brasil y Portugal, se ha visto implicado en diversos golpes de Estado. 
En la actualidad sigue siendo el alter ego de Donald Rumsfeld, quien fue su compañero de cuarto cuando eran estudiantes, e hizo toda su carrera en la CIA, en el Consejo de Seguridad Nacional, el Pentágono y la esfera de los negocios.




Frank C. Carlucci nació en Scranton, Pennsylvania, en 1930, hijo de un picapedrero emigrante del sur de Italia. Realiza sus estudios en la Universidad de Princeton, donde conoce al joven Donald Rumsfeld. 
Ambos estudiantes comparten una habitación en el internado, practican lucha juntos y, durante todos sus estudios universitarios, siguen siendo amigos muy cercanos.
Después, Frank Carlucci se enrola por dos años en la US Navy, pasa algunos cursos en la Harvard Business School e ingresa al Departamento de Estado en 1956. Al cabo de dos años como vice-cónsul y asesor económico en Johannesburg (África del Sur), y de un curso de seis meses para el aprendizaje del idioma francés, es nombrado segundo secretario de la Embajada de los Estados Unidos en Leopoldville (Congo-Kinshasa), en 1960.

El hombre de las maniobras sucias

El país, que después será llamado Zaire y más tarde República Democrática del Congo, está en vías de obtener su independencia. El 27 de enero de 1960, las mesas redondas de Bruselas establecen los términos de la independencia, prevista para el 30 de junio. Carlucci llega en marzo al país africano.

En mayo, las elecciones, controladas por los belgas, llevan al poder al presidente Joseph Kazavubu y al Primer ministro nacionalista Patricio Lumumba. Se dice que éste último es favorable a la Unión Soviética, lo cual causa preocupación en Estados Unidos.

Por otra parte, el país se ve sacudido por violentos choques interétnicos exacerbados por la ex potencia colonial belga. La hija de Carlucci es amenazada un día con una bayoneta, el propio Carlucci es apuñalado y detenido después de haber atropellado a un ciclista con su auto. No obstante, Carlucci decide permanecer en el país.

De hecho, Estados Unidos tiene mucho que hacer allí y necesita tremendamente la presencia de Carlucci. Lejos de cumplir una misión diplomática, Carlucci es el hombre de la CIA en Kinshasa. Sólo dos meses después de su llegada al poder, Patricio Lumumba es derrocado por el general Mobutu Sese Seko, su sucesor designado por Washington.
Pero la amenaza de un contragolpe de Estado lleva a Estados Unidos a querer garantizar definitivamente que Lumumba no pueda volver al poder. Frank Carlucci recibe la misión de ganarse la confianza del líder nacionalista, mientras que Washington ordena a Mobutu que lo elimine. 
De ese modo, Patricio Lumumba es arrestado en diciembre de 1960 por los hombres del dictador. Estos lo entregan a los rebeldes katangueses de Moisés Tschombé, quienes lo torturan y finalmente lo asesinan el 17 de enero de 1961.

Posteriormente se sabrá que la orden vino directamente de Dwight Eisenhower y que el rey Balduino de Bélgica no hizo nada por impedirlo. Es difícil precisar con exactitud el papel de Frank Carlucci en esos hechos.

Pero el tema sigue siendo candente en nuestros días. Raoul Peck, realizador de origen haitiano, lo experimentó en carne propia.

En su film Lumumba, ficción histórica dedicada al líder congolés, Peck incluye un episodio que representa una conversación entre varios protagonistas que están preparando su asesinato.

Uno de ellos no es otro que Frank Carlucci, quien, al preguntársele sobre la posición de Washington, responde: «El gobierno de mi país no tiene por costumbre interferir en los asuntos democráticos de una nación soberana. Respetaremos la decisión de ustedes».
Cuando el film iba a exhibirse en los Estados Unidos, Frank Carlucci movió todos los hilos para impedir que la cadena de televisión por cable HBO transmitiera esa escena, amenazando en especial a Raoul Peck y a su sociedad de producción, Zeitgeist Film, con mandarlos a los tribunales.

Ante el poderío financiero de su oponente, el realizador haitiano acepta entonces eliminar el nombre de Carlucci de la banda sonora. 
Ese no es el único golpe bajo imputado a Carlucci en aquellos tiempos de guerra fría. En 1964, es nombrado primer secretario en la embajada de Dar-es-Salam (Tanganika y Zanzíbar, actualmente Tanzania).

El país también acaba de obtener su independencia, y el presidente Julius Nyerere lo conduce por la vía del socialismo. Al cabo de 18 meses, un grupo de oficiales se subleva.
Acusado de organizar el derrocamiento de Nyerere, Frank Carlucci, es declarado persona non grata y expulsado .

Hoy es imposible saber exactamente de qué se le acusaba.

Sobre todo porque al celebrarse en el Senado la audiencia de confirmación del nombramiento de Carlucci en la subdirección de la CIA, las discusiones se efectuaron a puertas cerradas a partir del momento en que se tocó el tema de Tanzania.
En abril de 1964, el agregado militar estadounidense en Brasil, Vernon Walters, organiza el derrocamiento del presidente Joao Marques Goulart por el mariscal Castelo Branco. Frank Carlucci es enviado como refuerzo para supervisar la instauración de la dictadura militar y el asesinato de los dirigentes de la oposición a manos de los escuadrones de la muerte. En ese entonces, Carlucci no oculta ya que representa a la CIA.
De 1969 a 1974, trabaja en Washington con diferentes administraciones. Primero en el Buró de Oportunidades Económicas (OEO) de la Casa Blanca.

A solicitud del presidente Nixon, su amigo Donald Rumsfeld acaba de asumir la dirección de ese órgano tras presentar su renuncia a la Cámara de Representantes  y Carlucci se convierte en su ayudante.

Después Carlucci es nombrado subdirector del Buró de Personal y Presupuesto (OMB) cuando Rumsfeld asume el Programa de Estabilización Económica.
Trabaja entonces bajo la dirección de Caspar Weinberger y en 1973 pasa a laborar con éste en el Departamento de Salud, Educación y Bienestar, aunque conservando sus vínculos con Donald Rumsfeld, que deja Washington para convertirse en embajador ante la OTAN.
En 1974, Henry Kissinger se preocupa por lo que ocurre en Portugal. 
Varios oficiales jóvenes acaban de liberar al país de la dictadura de Salazar durante la llamada «revolución de los claveles». El poder se desliza lentamente hacia la extrema izquierda. Pero Portugal, específicamente debido a las Islas Azores, es indispensable para la OTAN.

El general Vernon Walters, convertido en subdirector de la CIA, estima que el embajador de Estados Unidos en Lisboa es incapaz de oponerse al peligro. 
Junto a Donald Rumsfeld, entonces director del gabinete del presidente Gerald Ford, convence a Kissinger para que designe a Frank Carlucci como el indicado para controlar la situación y lo hace nombrar nuevo embajador en Lisboa. Carlucci se rodea enseguida de sus antiguos colaboradores de la CIA en Brasil e inclusive manda a buscar 80 agentes de los servicios brasileños.

En el último momento, el gobierno portugués hace fracasar a operación. Mediante la radio nacional, Otelo Saraiva de Carvalho, líder histórico de la revolución, emplaza al embajador estadounidense a que abandone el país lo más rápido posible.

La consagración

La carrera de Carlucci como hombre de las sombras se ve finalmente recompensada, en 1978, cuando el presidente Jimmy Carter lo nombra subdirector de la CIA bajo el mando del almirante Stanfield Turner. 
La misión de ambos consiste en sanear las prácticas de la agencia. 

Para ello, Carlucci aplica importantes cortes presupuestarios, lo cual escandaliza a los senadores republicanos. Pero se esfuerza más por ocultar las infamias de la agencia que por eliminarlas.
Crea así una legislación restrictiva en materia de desclasificación de documentos públicos y obtiene la aprobación de una ley destinada exclusivamente a sancionar al ex agente Philip Agee, quien revela en su revista Covert Action Quaterly los manejos sucios de la agencia.
Así que las intervenciones secretas continúan, aunque con más posibilidades de mantenerlas en secreto. 
De ese modo, Carlucci parece haber supervisado personalmente las maniobras de manipulación de las Brigadas Rojas en Italia y la eliminación del líder demócrata-cristiano Aldo Moro, favorable a la participación de los comunistas en el gobierno. 
Por otra parte, comete un error en una operación de sabotaje en Yemen del Sur, finalmente cancelada por el almirante Turner.
En 1981, el presidente Ronald Reagan nombra a Caspar Weinberger secretario de Defensa. Este llama a su lado a Frank Carlucci, a pesar de la oposición de algunos republicanos que le reprochan haber trabajado con el gobierno demócrata de Carter. 


Weinberger y Carlucci se dan a la tarea de engrosar los presupuestos del Pentágono y de racionalizar las compras. Carlucci manda a buscar a un brillante asistente militar, Colin L. Powell, para que trabaje con él.
En 1982, Carlucci abandona sus actividades políticas para dedicarse al mundo de los negocios y se incorpora a una sociedad de comercio internacional, la Sears World Trade (SWT), filial del líder de la distribución al gran público, Sears-Roebuck.

Curiosamente, la sociedad de import-export comienza entonces a contratar personalidades republicanas como Curtis Hessler, ex subsecretario del Tesoro, o Alan Woods, ex subsecretario de Defensa, mientras que Donald Rumsfeld (que acaba de incorporarse a la industria farmacéutica después de haber precedido a Weinberger en el Pentágono) ingresa en la junta administrativa. En realidad, la SWT dispone a su vez de una filial, la International Planning and Analysis Center (IPAC), dedicada al negocio de los armamentos.

En secreto, la SWT asesora a las autoridades estadounidenses y canadienses sobre la compra y venta de misiles antiaéreos, radares, aviones a chorro y otros equipos militares, apoyándose en un think tank [Centro de investigación, de propaganda y divulgación de ideas, generalmente de carácter político. Nota del Traductor]: el Hudson Institute.
Según la revista Fortune, la SWT se convirtió en una pantalla de la CIA. 
La SWT no anda muy lejos cuando su administrador, Donald Rumsfeld, enviado especial del presidente Reagan, viaja a Bagdad para vender a Sadam Husein armas químicas destinadas a luchar contra el Irán de los mollahs.

Frank Carlucci utilizó sus relaciones políticas para acumular en tiempo record una asombrosa fortuna privada , mientras que la Sears sufre pérdidas por 60 millones de dólares. Carlucci gana un salario anual de 200,000 dólares, al cual se suman diversas comisiones y 735,000 dólares de prima inicial. Un esquema que permite vislumbrar lo que será el Carlyle Group.

En 1987, en pleno escándalo del Irangate, el presidente Reagan despide a su asesor de Seguridad nacional, el almirante John Pointdexter, totalmente «quemado» en el asunto , y selecciona a Frank Carlucci para sustituirlo. 
Este último recluta a sus amigos para el Consejo de Seguridad Nacional, en especial al general Colin L. Powell, a Robert B. Oakley (especialista en terrorismo y viejo compañero suyo de estudios en Princetown) y también al coronel Grant Green (que había trabajado con él tanto en el Pentágono como en la SWT).
Varios meses después, al prolongarse el Irangate, Reagan sacrifica a su secretario de Defensa, Caspar Weinberger, y escoge a Carlucci para reemplazarlo, mientras que Powell pasa a ser consejero de Seguridad Nacional. Reagan acaba de lanzar la «guerra de las galaxias». 
En el Pentágono, Carlucci aumenta los créditos de investigación y se opone a los tratados de desarme con la Unión Soviética.

Unir lo útil a lo agradable

Es después de ese mandato que Frank Carlucci es reclutado por el Carlyle Group, convirtiéndose en su director.
Esa sociedad de gestión de valores contrata a un sinnúmero de personalidades políticas del mundo entero y obtiene ganancias asombrosas. 
Administra 13,000 millones de dólares y realiza inversiones en el campo de los medios de difusión y el armamento, hasta convertirse en el 11° proveedor del Pentágono.

Cuando su amigo Rumsfeld regresa al Pentágono, esta vez como secretario de Defensa de George W. Bush, no tarda en desbloquear el proyecto Crusader. 
Ese blindado, destinado a reemplazar al Paladin, había sido abandonado por los militares que lo consideran inadecuado para los combates del futuro. Es, pues, en aras de la modernización de la artillería que se reactiva ese costoso programa, completamente en manos del Carlyle Group.

Frank Carlucci se vuelve omnipresente

Es el hombre con el que hay que contar en Washington . Es cierto que las juntas administrativas se disputan su presencia: en la Rand Corporation, en la Neurogen Corporation, en la Kaman Corporation, en la Texas Biotechnology Corporation, en la United Defense Industries Inc, en el Unites States Military Cancer Institute o incluso en la Academy of Diplomacy.

Entre otras actividades, Frank Carlucci, que ya se había introducido en Corea del Sur por intermedio del reverendo Moon, tuvo tiempo para presidir la Cámara de Comercio taiwano-estadounidense, mientras negociaba un contrato de telefonía móvil con el presidente de China continental, Jiang Zeming, por un monto de 400 millones de dólares.

Hace gestiones para calmar a los neoconservadores, siempre listos para guerrear contra Corea del Norte. Pero exacerba tensiones entre las dos Chinas, precisamente lo que hace falta para reanudar la carrera armamentista. 
Para ello organiza un encuentro al más alto nivel entre Paul Wolfowitz y su homólogo taiwandés, Tang Yao-Ming, así como un seminario de tres días dirigido a vendedores y compradores.
Decididamente, es una delicia unir la política con los negocios.

Thierry Meyssan


COMPLEJO MILITAR-INDUSTRIAL ESTADOUNIDENSE
El Carlyle Group, un negocio de iniciados
por Red Voltaire

Primer gestor mundial de valores financieros y fondos de inversión, el Carlyle Group agrupa a la flor y nata de la política mundial.  Dirigido por el ex Secretario de Defensa Frank Carlucci, incluye tanto a George Bush padre como a los Bin Laden, George Soros, Mijail Jodorkovsky o John Major. Se ha especializado en asumir el control de sociedades de armamentos y de medios de comunicación. 

Aprovechando el mandato presidencial de uno de sus ex cuadros, Bush hijo, el Grupo influye de acuerdo con sus intereses en la política exterior de los Estados Unidos. Usando y abusando de sus relaciones, el grupo obtiene el 30% de retorno por concepto de inversiones, a riesgo de verse regularmente envuelto en casos de delito financiero y de corrupción.


El Carlyle Group surgió a mediados de los años 1980 con motivo de un problema relacionado con los esquimales. Al término de un acuerdo con el Estado federal, varias empresas de Alaska recibieron en 1971 importantes subvenciones del gobierno federal para crear empresas in situ. Quince años después, la mayoría de esas sociedades habían acumulado deudas considerables y amenazaban con declararse en bancarrota.
El senador de Alaska, Ted Stevens, logró entonces que se aprobara una cláusula en la ley fiscal de 1984 autorizando a esas empresas a vender sus deudas a compañías estadounidenses ricas a cambio de una compensación fiscal.

En concreto, una empresa esquimal que haya perdido 10 millones de dólares en un año fiscal puede vender sus deudas en siete millones de dólares. Por su parte, el comprador estadounidense puede descontar 10 millones de dólares de las ganancias declaradas al IRS, beneficiándose así de una reducción fiscal de tres millones de dólares.
Stephen Norris, cuadro dirigente de la división Fusión-Adquisición de la sociedad Marriott, comprende que este rejuego fiscal constituye un filón que debe explotarse. Su objetivo: encontrar sociedades con sede en Alaska dispuestas a vender sus deudas, ponerlas en contacto con compañías estadounidenses, y embolsarse de paso 1% de comisión.

Para montar la operación, seduce a David Rubinstein, ex miembro del gobierno de Carter , que en ese entonces trabaja desde hace seis años en el bufete de Shaw, Pittman, Potts & Trowbridge y de G. William Miller & Co, también en los servicios de fusión-adquisición. David Rubinstein posee una impresionante libreta de direcciones que le permite encontrar interlocutores en ambos lados.
El éxito de la operación, efectuada en el seno de Marriott, incita a los dos hombres a abandonar esa estructura para instalarse por cuenta propia. 
Así, en unos pocos meses, se apropian del 1% sobre mil millones de dólares de reducciones de impuestos, o sea, de 10 millones de dólares. Todo ello en una sociedad recién creada que ellos denominarían el Carlyle Hotel de Nueva York, donde efectúan la mayoría de sus reuniones. Nacía el Carlyle Group.

Errores financieros, avances políticos

Pero todo lo bueno llega a su fin y el gobierno federal suprime rápidamente ese rejuego fiscal. Rubinstein y Norris pasan ahora a comprar empresas en la coyuntura económica floreciente de los años 80.

El objetivo del juego consiste en obtener préstamos en los grandes bancos, ocupar posiciones importantes en sociedades en apuros financieros, asumir su control a bajo precio, reorientar su política comercial y después revenderlas a un precio más elevado. El principal modo de acción es la compra de empresas, financiado por el endeudamiento .
El inicio es caótico, y Stephen Norris y David Rubenstein van descubriendo poco a poco el carácter despiadado del universo económico donde quieren operar. Varias operaciones fracasan en provecho de sociedades más hábiles en la actividad, mientras que otras resultan exitosas aunque sin generar las ganancias esperadas.

En 1987-88 ocurre todo lo contrario, cuando Carlyle enfrenta un cúmulo de deudas. Ambos socios salen entonces en busca de refuerzos y reclutan a figuras como Dan D’Aniello y William Conway, ex dirigente de los servicios financieros de MCI Communications.
El golpe magistral es la incorporación de un profesional experto en finanzas que había sido antes un político controvertido, Frederic V. Malek. Este, ex jefe de personal del presidente Nixon, en septiembre de 1988 se ve directamente fustigado por un artículo del Washington Post que narra los delirios paranoicos y antisemitas del presidente Nixon.

En dicho artículo se revela que en julio de 1971, a solicitud del presidente, Malek elaboró un listado electrónico de los empleados judíos de la Oficina de Trabajo y Estadísticas, medida que en aquellos momentos culminó con la marginación provisional de dos funcionarios judíos que ocupaban altos puestos en el organigrama, Peter Henle y Harold Goldstein.
El mismo día que estalla el problema, que afecta gravemente su carrera política, Malek recibe una llamada de Stephen Norris pidiéndole que se uniera a Carlyle. 

Para la sociedad de Washington, ello constituye una forma inesperada de enrolar a un hombre tremendamente bien situado en el mundo estadounidense de los negocios. Entre sus contactos figuran en especial los nombres del presidente George H. W. Bush y de su hijo, George Walker Bush, futuro presidente. Con él, Carlyle puede asumir una nueva dimensión.
Esta nueva dimensión no se refiere al éxito financiero, sino más bien al increíble desarrollo de los contactos políticos de la firma, los cuales, posteriormente, redundarán en importantes logros. 
En aquellos momentos, el primer proyecto es apoderarse del control de Craterair, sociedad encargada del suministro de alimentos para los pasajeros de diversas compañías aéreas.

En 1989, el presidente y director general de Marriott, J. W. Marriott, desea en verdad librarse del lastre de su compañía. Dan Altobello, que dirige ese sector, propone de inmediato a Carlyle que la compre. Esa opción aparece hoy como una evidencia: Norris, Malek y D’Aniello son, en efecto, tres de los ex dirigentes de Marriott. Frederic V. Malek es quien se ocupa de la operación, en la cual incorpora a George W. Bush, hijo del presidente en aquel momento. La experiencia de Bush hijo en el sector petrolero no tiene a priori relación alguna con sus nuevas funciones de miembro del consejo de administración de Craterair.

Es por lo tanto en otra dirección donde deben buscarse los motivos de su enrolamiento, motivos reveladores de los nuevos métodos de Carlyle. En realidad, Malek está jugando en tres bandos: por un lado, acaba de negociar, fuera de Carlyle, el control de la compañía aérea Northwest, de la cual es presidente y director general. Dicha compañía solicita a menudo los servicios de Caterair.

Asimismo, requiere de permisos federales en materia de regulación aérea para desarrollar su actividad. La incorporación de George W. Bush, que necesita enriquecer su curriculum vitae en el mundo de los negocios, permite vislumbrar el otorgamiento de los permisos por mediación de su padre, situado en la Casa Blanca, todo lo cual representa un incremento en las actividades de Caterair.
Los cabos sueltos se atan. La Guerra del Golfo, que provoca el miedo a los atentados y el alza de los precios del petróleo, representa infelizmente para Carlyle una crisis en el sector de la aviación civil.
El audaz arreglo sufre, pues, un doloroso fracaso. Pero la compañía de Norris y Rubinstein, mientras tanto, ha aumentado considerablemente sus contactos políticos.

Frank Carlucci: el hombre de los servicios al servicio de Carlyle

En 1988, el gobierno de Reagan abandona la Casa Blanca. Carlyle, fiel a su tradición, decide reclutar a sus mejores elementos. La selección recae en Franck Carlucci , que precisamente acaba de dejar su cargo de secretario de Defensa. El 26 de enero de 1989 pasa a ser vicepresidente del Carlyle Group, inaugurando una nueva era para el grupo.
Es, de hecho, un refuerzo político de gran valor. Muy involucrado en la Guerra Fría, durante la cual fomentó un gran número de golpes bajos en diversos sitios del planeta, Carlucci es el hombre de los servicios estadounidenses, ex compañero de aula de Donald Rumsfeld en Princeton.

En 1978, en el gobierno de Carter, es vicedirector de la CIA antes de integrar el departamento de Defensa en la época de Reagan, bajo la dirección de Caspar Weinberger. Después de transitar en 1982 por la Sears World Trade  donde se ve implicado en un negocio de tráfico de armas vinculado a la CIA, Carlucci es designado en 1986 para dirigir el Consejo de Seguridad Nacional, en sustitución del almirante John Poindexter, «quemado» en el caso Irán-Contra.

En noviembre de 1987, sustituye a Caspar Weinberger en el cargo de secretario de Defensa, durante los últimos 18 meses del gobierno de Reagan. En ese período, se familiariza con el proceso de elaboración del presupuesto de los ejércitos y de las ventas de armas, una experiencia valiosa para su futuro cargo en Carlyle.
De ese modo, Frank Carlucci estará presente en la primera compra lucrativa para Carlyle en el sector de los armamentos. Es, de hecho, un allegado de Earle Williams, presidente de la BDM International, sociedad asesora en cuestiones de defensa, filial de la Ford Aerospace. Williams había salido victorioso en su hábil intento de hacerse nombrar en la Naval Research Advisory Board, que asesora a la Marina estadounidense sobre sus opciones estratégicas a largo plazo, permitiendo así a la BDM obtener jugosos contratos.

Todo ello, simplemente, enrolando en la BDM a la esposa de Melvyn Paisley, entonces a cargo de la asignación de los contratos de la Marina. Este último integra incluso las filas de BDM después de haber cesado en sus funciones en 1987.
En el verano del 88, este feliz cóctel de corrupción, de tráfico de influencia y de fraude es finalmente objeto de una investigación a gran escala que culmina con la acusación contra docenas de responsables del Pentágono debido a la asignación de contratos de defensa. El más destacado de ellos es nada menos que... Melvyn Paisley.

El escándalo, pues, rebota lógicamente y salpica de paso a la BDM, cuyo valor cae de forma drástica dejando el camino libre a los nuevos compradores. 

Vendida por 425 millones de dólares a la Ford Aerospace en 1988, en 1990 la BDM es comprada nuevamente, esta vez por Carlyle por la suma de 130 millones, gracias a los buenos oficios de Earle Williams, que conserva en ella su cargo de presidente, mientras que Carlucci y William Conway pasan a formar parte de su junta administrativa. El éxito de Carlyle es completo.
En cuatro años, el Carlyle Group ha creado las bases de su éxito futuro: habilidad financiera, una abultada libreta de contactos en la esfera política y especialización en el sector de la Defensa donde los contactos políticos de alto nivel son precisamente esenciales. 

El período que sigue es de aplicación de las lecciones aprendidas en el pasado. Es también el período en que William Conway va siendo cada vez más importante en las decisiones del grupo.
Es un hombre de negocios conocido por su buen olfato en el mundo de las finanzas, y también por sus métodos de gestión autoritarios y conservadores. Conway, conjuntamente con David Rubinstein, participa desde el inicio en el azaroso resurgimiento de la División Defensa y Aeroespacial de LTV Corp, que apuntala la fama del grupo.

Carlyle en territorio saudí

En ese mismo período, el Carlyle Group establece relaciones con Arabia Saudí. Aprovechando la guerra del Golfo y una diplomacia estadounidense favorable al régimen saudí, Carlyle entra en contacto con el príncipe Alwaleed bin Talal, entonces con 35 años de edad, sobrino del rey Fahd y estudiante egresado de escuelas en los Estados Unidos. 
Poseedor de una gran fortuna cuyo origen sigue siendo desconocido, en esa época bin Talal quiere hacer inversiones en los Estados Unidos.

El clima político es allí favorable, y la crisis financiera incita a los banqueros a buscar dinero en los sitios donde lo encuentren. Uno de los mayores bancos del país, el Citicorp, busca así 1,500 millones de dólares para mantenerse a flote. Consciente de la oportunidad, el príncipe Alwaleed acude a un bufete de negocios de Washington para entrar en acción.
Éste le aconseja recurrir a los servicios del grupo Carlyle, que posee múltiples posibilidades en materia de conexiones políticas que pueden resultar útiles al príncipe. La maniobra, no obstante, choca con la negativa de varios miembros del Congreso, opuestos a que los bancos estadounidenses fuesen controlados por inversionistas extranjeros.

La habilidad para actuar de Stephen Norris permite finalmente obtener el acuerdo indispensable del Federal Reserve Board, con la condición de que el príncipe Alwaleed no intervenga en la gestión del banco. 
De ese modo, el 21 de febrero de 1991, el Carlyle Group puede vanagloriarse de haber permitido que el príncipe saudí invirtiera 590 millones de dólares en uno de los principales bancos estadounidenses. 
La maniobra permite al príncipe Alwaleed poseer potencialmentee el 15% de las acciones del banco, lo cual lo convierte en uno de sus principales accionistas.

Declaraciones mordaces de Stephen Norris, atribuyendo a Carlyle la salvación del banco y dando a entender que el príncipe trataría sin duda de influir en las decisiones de su junta administrativa, llevan finalmente al Federal Reserve Board a reanalizar parcialmente su autorización. No obstante, el Carlyle Group ha logrado hacer su entrada en el escenario internacional.
La sociedad aprovechará su posición ventajosa para adquirir en 1992 une empresa poco conocida, Vinnell, que en el Medio Oriente debe servir a la experiencia militar de Carlyle. Vinell es una sociedad privada cuya actividad consiste en entrenar ejércitos extranjeros cuando estos lo requieran.

Desde 1975 se encarga de la formación de las fuerzas armadas saudíes, y de sus mercenarios, compuestos por los elementos más aguerridos de las Special Forces, combatieron junto a las tropas regulares en la Guerra del Golfo en 1991. 
En aquellos momentos, una comisión investigadora del Congreso impulsada por el senador Henry Jackson, había revelado que los criterios de reclutamiento prohibían que se enrolase a toda persona de religión judía.
Después, la sociedad se ve involucrada en el escándalo Irangate, ya que Richard Secord, general retirado de la Air Force que trabajaba para Vinnell, se vio implicado en ello como cómplice de Oliver North.
En 1987, un artículo de Time Magazine impugnó de nuevo a la sociedad de mercenarios al revelar que dos de sus empleados habrían tenido participación en el frustrado intento de derrocar al primer ministro de Granada, el izquierdista Maurice Bishop.

La adquisición por Carlyle no cambiará en nada las actividades de Vinnell
Por el contrario, de 1992 a 1995 irá acompañada de un fortalecimiento de la presencia militar estadounidense en la región. En 1995, las oficinas en Riad de Vinnell y de BDM, dos sociedades en manos de Carlyle, son sacudidas por un sanguinario atentado que causa siete muertos, entre ellos cinco estadounidenses.

Las oficinas afectadas son las que mantienen el contrato de Vinnell con la Guardia Nacional en momentos en que un gran número de saudíes quieren que el ejército estadounidense se retire del país.

Este asunto provoca un gran escándalo en los Estados Unidos y múltiples testimonios anónimos sacan entonces a la luz que Vinnell, en realidad, es una fachada para las operaciones de la CIA, encargada en Arabia Saudí de infiltrar agentes en el ejército nacional. Según un ex empleado, incluso después de la nueva adquisición por BDM (léase Carlyle) de la sociedad, esta habría conservado toda su autonomía.
Esto levanta una parte del velo y muestra el color político y las intenciones de los dirigentes del Carlyle Group. No obstante, estos revenden Vinnell en 1997, lo que no impide que esta sociedad continúe sus actividades en Arabia Saudí. 

Este papel la convierte en blanco de importantes polémicas después de los atentados del 11 de septiembre y del surgimiento, en el gobierno de Bush, de una violenta corriente antisaudí.

Un apoyo de calidad: James Baker III

En 1993 el Carlyle Group prosigue su accidentado recorrido para llegar a la cima del mundo de las finanzas. Para lograrlo, necesita un nuevo instrumento en sus relaciones públicas y políticas, una figura reconocida más accesible que Frank Carlucci, que entretanto se había convertido en miembro de la junta administrativa de 32 sociedades, algunas de las cuales no pertenecían a Carlyle. 
Al final de la era Bush, en 1992, David Rubenstein, Frank Norris y William Conway acuden, pues, a la Casa Blanca para cazar allí la rara avis que necesitan: James A. Baker III.

Este cuenta con una impresionante hoja de servicios a favor de los republicanos: subsecretario de Estado de Comercio durante el gobierno de Ford en 1975, fue director de campaña de Ford, Reagan y Bush; director del gabinete de Ronald Reagan de 1981 a 1985, secretario del Tesoro de 1985 a 1988, y, más tarde, secretario de Estado durante el gobierno de George Bush padre de 1989 a 1992.

Tras ser derrotado por William Jefferson Clinton, Bush padre regresa al mundo de los negocios del cual había salido, aceptando tareas de responsabilidad en Enron y, a la vez, en el Carlyle Group. 
El anuncio de su incorporación a la sociedad con sede en Washington desencadena una efervescencia en los medios masivos de comunicación en torno a Carlyle, y se anuncia incluso la próxima llegada de Colin Powell al Grupo. 

Comoquiera que sea, la incorporación de Baker fortalece considerablemente la posición de Carlyle. El nombre de James Baker permitirá al grupo reunir fondos importantes, lo cual había sido imposible hasta ese momento. El primer objetivo, fijado por David Rubinstein en 500 millones de dólares, será superado con rapidez gracias al arribo del financiero George Soros que en 1992 acaba de poner de rodillas a la libra esterlina inglesa.
Este acepta invertir 100 millones de dólares en la sociedad, pero también, obviamente, aportándole su propia celebridad de financiero sin igual. Esto permite a Carlyle reunir, en cuatro años, más de 1,300 millones de dólares, o sea, más del doble de la suma a la que se aspiraba en un inicio.

Las nuevas compras se ven entonces coronadas por el éxito, centrándose el Grupo en los sectores vinculados a la Defensa y a las ventas de armas, dos terrenos que requieren de contratos con el gobierno. Pero el acercamiento a quienes toman las decisiones políticas es ya la especialidad de Carlyle. 
De este modo, el grupo florece, haciendo ganar cerca de un 30% anual a sus accionistas.
La lista de los miembros de Carlyle sigue alargándose con el arribo de George Bush padre al rango de «consejero superior», habiéndose convertido ya en amigo cercano de David Rubinstein, y también del ex primer ministro conservador británico, John Major, quien a fines de 1997 es el encargado de las inversiones en Europa.

El Carlyle Group cuenta asimismo con el apoyo del fondo de pensión del Banco Mundial, al haber reclutado a su ex tesorera a cargo de las inversiones, Afsaneh Mashayekhi Beshloss. Esta había confiado a Carlyle una buena parte de los fondos a su disposición.
Carlyle multiplica sus inversiones en el extranjero, en especial en América Latina, Rusia (con el oligarca Mijail Jodorkovsky) y Europa, e incorpora a responsables políticos tales como el primer ministro de Corea del Sur, Park Tae-joon y el ex presidente de Filipinas, Fidel Ramos. Los que no pueden trabajar en el Grupo envían a sus allegados, como hizo Madeleine Albright al hacer contratar a su hija Alice.

El arribo de George W. Bush a la presidencia de los Estados Unidos constituye una consagración para el Carlyle Group. El nuevo presidente de la Casa Blanca, de hecho, debe su nombramiento a la labor de zapa jurídica efectuada por James Baker III, miembro del Carlyle Group, y a los amigos políticos de su padre, George H.W. Bush, vinculado también a los fondos inversionistas de Washington.
Carlyle incluso financió la campaña política de los republicanos con una suma de 359,000 dólares, contra sólo 68,000 para los demócratas. La desventaja de esta política es que centra sobre la sociedad la atención del conjunto de los medios de comunicación estadounidenses.

Bush padre e hijo: la diplomacia Carlyle

El primer escándalo verdadero estalla en marzo de 2001, con motivo de una visita de Bush padre a Arabia Saudí, en calidad de responsable del Carlyle Group. Su encuentro con el rey Fahd suscita numerosas preguntas en la prensa estadounidense: ¿se trata de un encuentro diplomático?, ¿de un viaje de negocios privados?, ¿de ambas cosas a la vez?

Preguntas mucho más legítimas cuando el ex presidente de los Estados Unidos, acompañado de John Major, aprovecha la ocasión para reunirse con ex socios de negocios, la familia Bin Laden, en momentos en que uno de los hermanos, Osama bin Laden, es ya considerado una amenaza terrorista por los servicios de información estadounidenses.

El segundo caso más importante se refiere a Corea del Sur. La llegada al poder de George W. Bush se caracterizó por una política sumamente agresiva con respecto a Corea del Norte, calificada de «Estado bribón». 
Los países de la región, tales como Corea del Sur o Tailandia, ven con malos ojos esta escalada diplomática que les hace cuestionarse seriamente sobre los acuerdos firmados con Carlyle en mayo de 1999, con motivo de una visita de George Bush padre.

Existen contactos privilegiados entre la sociedad y numerosos dirigentes locales, ya que Carlyle cuenta en sus filas con el primer ministro surcoreano electo en 2000, Park Tae-joon, así como con su yerno, Michael Kim, encargado de la gestión de los intereses coreanos en los Estados Unidos, y con el ex primer ministro tailandés, Anan Panyarachum.

Esta estructura pacientemente construida se ve de pronto afectada por las declaraciones del nuevo presidente norteamericano, influido él mismo por los halcones de su gobierno. George W. Bush parece jugar contra su propio equipo. Muy pronto es llamado a recapacitar.
El 6 de junio de 2001, George W. Bush hace un viraje brusco y anuncia la reanudación del diálogo con Pyongyang.
Cuatro días después, el diario New York Times alude a las discusiones entre Bush padre y Bush hijo que provocaron esa decisión: según el diario, Bush padre, convencido de que su hijo había sido mal orientado por el Pentágono, le habría aconsejado adoptar una posición más moderada en este caso.
Habría esgrimido el argumento de que una posición dura con respecto a Corea del Norte pondría en dificultades al gobierno surcoreano, y, por consiguiente, dañaría los intereses norteamericanos en la región. 
Injerencia ésta muy poco habitual en la dirección de una democracia tan sólidamente arraigada como la de los Estados Unidos.

Esto no constituye un hecho aislado: el 18 de julio de 2001, el New York Times informa sobre una nueva intervención del ex director de la CIA en la diplomacia estadounidense. George Bush padre, en efecto, habría llamado de parte de su hijo a Abdullah, el príncipe heredero de Arabia Saudí, con el objetivo de garantizar al gobierno saudí que «el corazón [de su hijo] estaba del lado correcto» con relación al Medio Oriente.

Una llamada necesaria a causa de la política exclusivamente pro-israelí llevada a cabo por el actual presidente. Según el diario, este último estaba presente cuando se hizo la llamada telefónica. Estas revelaciones provocan violentas reacciones por parte de las organizaciones cívicas que abogan por moralizar la vida política. 
Así, son muchas las que piden que Bush padre dimita del Carlyle Group si es que desea desempeñar un papel en la diplomacia del país.

El 11 de Septiembre: la Divina Providencia para el Carlyle Group

La polémica es en verdad fuerte, pero no es nada en comparación con la que espera a los accionistas de Carlyle a fines del verano de 2001. La sociedad está de hecho sumida en el acontecimiento más traumático que hayan conocido los Estados Unidos después de Pearl Harbour: los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Ese día, el Carlyle Group celebra su conferencia internacional anual con los inversionistas en el Hotel Ritz Carlton, en Washington DC. Frank Carlucci, James Baker III, David Rubenstin, William Conway y Dan D’Aniello han invitado a una galería de ex dirigentes venidos de los cuatro rincones del planeta, a expertos en cuestiones militares, a árabes ricos llegados del Medio Oriente y a varios inversionistas internacionales de peso que, de ese modo, pueden presenciar los ataques terroristas en vivo.


Entre las personalidades se encuentran en especial Shafiq Bin Laden, oficialmente «molesto» con su hermano Osama, y George Bush padre. Este último, según el vocero de Carlyle, habría abandonado la conferencia poco antes de los atentados y estaría en un avión sobrevolando el Midwest cuando se emitió la prohibición de despegar a todo aparato que se encontrase en tierras norteamericanas.

La primera consecuencia de esos ataques constituyó un regalo del cielo para el Carlyle Group: el Congreso aprueba de inmediato el desbloqueo de 40 mil millones de dólares para la Defensa mientras que, en la sombra, los miembros de la administración Bush comienzan a sacar cuentas sobre el presupuesto de 2002 del Pentágono, que prevé un alza de 33 mil millones de dólares.
Tales decisiones permiten que los socios de Carlyle aumenten tremendamente su fortuna.
El proyecto hasta entonces sumamente polémico del Crusader, la superarma estadounidense, se aprueba por unanimidad. 
Este proyecto es defendido con vehemencia por Carlyle debido a que lo ejecuta la United Defense, sociedad controlada por el fondo estadounidense. Sus dirigentes, además, se aprovechan de esas decisiones para nacionalizar la United Defense en diciembre de 2001, embolsándose de paso 237 millones de dólares.
Un hecho menos glorioso sale a la luz con la publicación en la prensa estadounidense, y en especial en el diario Wall Street Journal, de informaciones que revelan los vínculos activos del Carlyle Group con la familia Bin Laden, iniciados a principios de los años 90 cuando el grupo trataba de asumir el control de la sociedad italiana Italian Petroleum.

En aquella oportunidad, el emisario de Carlyle en el Medio Oriente, Basil Al Rahim, había visitado Arabia Saudí, Jordania, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos en busca de inversionistas. Fue entonces cuando conoció a la familia Bin Laden, que dirigía una empresa de obras públicas valorada en 5,000 millones de dólares, el Saudi Binladin Group.

La familia, de hecho, había roto con el más conocido de sus 50 miembros, Osama, a quien se le había retirado la nacionalidad saudí en 1991, pero el artículo del diario Wall Street Journal hace énfasis en la terrible paradoja que representa para la familia del terrorista el hecho de enriquecerse gracias a los atentados por intermedio del Carlyle Group.
Esta información obliga a los dirigentes a reducir las inversiones de la familia Bin Laden (calculadas según ellos en dos millones de dólares, en realidad es esta suma multiplicada varias veces, según estima Basil Al Rahim, quien dejó el grupo en 1997) y a liquidar con rapidez sus haberes.

Cuando se produce la psicosis en torno al ántrax, en octubre de 2001, el Carlyle Group está ahí de nuevo para ofrecer -o más bien para vender- la solución: el Grupo posee el 25% de una sociedad llamada IT Group, especializada en la eliminación de residuos ambientales y tóxicos.

Atravesando una situación delicada antes del episodio del ántrax, el IT Group firma en ese período diversos contratos de desinfección en edificios «contaminados», tales como el Hart Senate Office Building y el Centro de distribución postal de Trenton.
Esta labor, que emplea 400 trabajadores a tiempo completo durante varios días, permite vislumbrar la milagrosa salvación de la empresa. En definitivas no sería así, pues la compañía, de todos modos, se declara en quiebra aunque no sin antes haber reducido considerablemente sus deudas.

Las huellas de Carlyle se cruzan también con las de Bioport, sociedad que posee el contrato gubernamental exclusivo para elaborar una vacuna experimental y polémica contra el ántrax. En esta sociedad trabaja, de hecho, el almirante retirado William Crowe, presidente de la oficina de directores de gabinete de la Secretaría de Defensa, en tiempos de Frank Carlucci. Aunque ambos hombres se conocen bien, entre ambas sociedades, sin embargo, no se establece vínculo comercial alguno.

En Francia, el Carlyle Group adquiere la principal empresa de Vitrolles, el Groupe Genoyer que hace piezas de repuesto para el fabricante de equipos petroleros Halliburton. Después se apodera de la papelería Otor, antes de invertir en la prensa.
De 1999 a 2002 posee el 30% del Figaro, que impuso a Dominique Baudis como presidente del Comité editorial. En la actualidad posee el 28% de Aprovia (el polo profesional y floreciente del ex grupo Vivendi Universal Publishing), con nombres como «Test», «Le Moniteur» o «L’Usine nouvelle», y participaciones en Médimédia, que edita, por ejemplo, Le Quotidien du Médecin y controla las Ediciones Masson.

Por este conducto, puede evaluar y analizar de manera permanente la investigación y el desarrollo industrial franceses. Además, la Vivendi Universal Entertainemente ha sido también adquirida por Carlyle.
Por otra parte, Carlyle ha hecho inversiones en bienes inmuebles con filiales en Boloña, Ivry, La Défense, Malakoff, Montrouge y París, con una clara preferencia por los inmuebles que alojan a sociedades vinculadas con los armamentos.

El estudio detallado del funcionamiento del Carlyle Group sorprende y preocupa. Nunca la influencia de una sociedad privada ha amenazado tanto con devorar a una democracia tan antigua como la de los Estados Unidos.
Esa sutil dosis de connivencia, de corrupción y nepotismo, a semejante nivel de responsabilidad, hace entender de manera particular las palabras pronunciadas por el presidente Dwight Eisenhower al abandonar la dirección del país en enero de 1961: 
«En el seno de los diferentes consejos gubernamentales debemos protegernos contra la acción de una influencia injustificada, ya sea buscada o no, por parte del complejo militar-industrial.
Existe y seguirá existiendo el potencial para la escalada desastrosa de un poder dañino. Jamás debemos permitir que la entrada de esa agrupación ponga en peligro nuestras libertades y nuestros procesos democráticos.»

Red Voltaire