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jueves, 1 de febrero de 2018

Nuestro universo podría estar lleno de virus alienígenas y deberíamos buscarlos

En un estudio publicado en la revista Astrobiology, sus autores recomiendan a la NASA y otras agencias espaciales dar mayor importancia a los virus extraterrestres, debido a que siguen siendo críticamente poco investigados. Además sugieren que se desarrollen herramientas que permitan detectarlos y realizar pruebas para verificar si esos organismos alienígenas pueden sobrevivir en nuestro medio, incluso si pueden atacarnos. El artículo tiene como objetivo corregir esos descuidos y pide que se cree una nueva disciplina científica, la "astrovirología".

 Dibujo artístico de la superficie de TRAPPIST-1f, un planeta parecido a la Tierra en el sistema TRAPPIST-1. Imagen: NASA/JPL-Caltech

miércoles, 1 de enero de 2014

Las mafias de la salud

En las juntas de accionistas de los grandes laboratorios y compañías farmacéuticas no se plantean aspectos humanos y éticos: sólo se habla de réditos, beneficios, nuevas inversiones para obtener más ganancias. No se habla de salud, se habla de enfermedad.

El avance social y sanitario conseguido en los países desarrollados durante estas últimas décadas, ha sido el responsable de un aumento en la esperanza de vida del hombre actual. Se da la paradoja de que también nos encontramos en una de las épocas de la Historia de la humanidad donde más enfermedades se han detectado, muchas de ellas nuevas. ¿Estamos cada vez más enfermos? Para un grupo numeroso de médicos e investigadores se trata de enfermedades inventadas. Un suculento negocio de las industrias farmacéuticas, que no han tenido escrúpulos en convertir nuestra salud en un valor de mercado.

Desde 1990 hasta ahora el gasto sanitario público ha crecido de manera continuada. Sólo en el 2003 a través de recetas oficiales se gastaron 8.491 millones de euros. Se calcula que para el 2015 el desembolso sea totalmente insostenible. ¿Estamos cada vez más enfermos? ¿Consumimos más medicamentos de los que deberíamos? Este es un tema que no sólo trae de cabeza a la Sanidad Pública de todos los países, sino que también es objeto de estudio de muchos médicos e investigadores.

Son las empresas farmacéuticas las que se empeñan en ofrecer una visión pesimista de la salud del mundo, cuando la realidad es que las enfermedades mortales son cada vez menores y la esperanza de vida se alarga hasta los 80 años". ¿Cómo se explicaría entonces el aumento del gasto farmacéutico? "Un buen número de médicos y algunas compañías farmacéuticas se han empeñado en hacernos creer que la actualidad es una de las épocas con más enfermedades, muchas de ellas nuevas, de la historia de la Humanidad. Han convertido en estados patológicos procesos que no lo son con el fin de poder someter a tratamiento a pacientes con síntomas reales que conforman falsas dolencias. Cuando se consulta con los especialistas, éstos se empeñan en defender que, efectivamente, se trata de enfermedades a las que hasta ahora no se había concedido importancia pero que la han adquirido con la mayor exigencia de la población por su bienestar o la menor tolerancia a la mínima incomodidad. Síntomas leves se confunden con una enfermedad, y se le asocia a factores de riesgo para que automáticamente sea obligatorio seguir un tratamiento que, en el mejor de los casos, será infructuoso". ¿Son pues enfermedades inventadas? Se trataría de procesos o problemas humanos que algunos han decidido que sean médicamente relevantes para poder asignarle un tratamiento... 

jueves, 5 de septiembre de 2013

El mayor envenenamiento de la historia está sucediendo en Bangladesh

El mayor envenenamiento de masas de la historia está sucediendo ahora, en estos momentos. No es una metáfora, ni una exageración mediática. Se trata, en realidad, de un veredicto copiado, letra a letra, de un comunicado de la Organización Mundial de la Salud ‘OMS’.
 
Por si aún cabe alguna duda, otras instituciones de prestigio han llegado a conclusiones parecidas. Por ejemplo la Universidad californiana de Berkeley, que tras un trabajo de campo de varias semanas cerró su informe advirtiéndonos de estar viviendo “una tragedia de dimensiones muy superiores a Chernobyl”.
Si todavía no han oído hablar de ello es, probablemente, porque está ocurriendo en uno de los países más pobres y olvidados del mundo. En la castigada Bangladesh, concretamente, donde algo más de la mitad de sus 154 millones de habitantes está envenenándose, en mayor o menor grado. Estamos hablando de en torno a 80 millones de personas que beben diariamente agua contaminada con arsénico, un veneno inodoro e incoloro que fluye en grandes cantidades en al menos el 40% de los grifos.
Aunque no hay cálculos médicos fiables, el veneno estaría matando directamente a cerca de 100.000 personas cada año, mientras que varios millones sufren problemas graves de salud, incluido cánceres y gangrenas, según la ONU. En algunas zonas del sur, donde más incidencia tiene el fenómeno, uno de cada diez habitantes fallece con diagnósticos relacionados con esta lenta y silenciosas “mordedura” de lo que en las aldeas se conoce como “el agua del demonio”.


 
 
El arsénico es un asesino que se toma su tiempo y apenas avisa. Los únicos síntomas externos son extrañas manchas y verrugas en las palmas de las manos y los pies, que con el correr de los años pueden convertirse en gangrena o en tumores malignos. Y, mientras tanto, la carcoma actúa por dentro: ataca los órganos, sobre todo riñones y pulmones, desencadenando un increíble abanico de enfermedades, muchas de ellas mortales. No hay tratamiento, ni antídoto. Lo único que se puede hacer para combatir el veneno es dejar de tomarlo, reposar y comer bien una temporada. En definitiva: una receta que está completamente fuera del alcance de la mayoría de los habitantes de Bangladesh.
 
Puestos a encontrar un responsable, habría que apuntar a las organizaciones humanitarias que, a finales de los años 70, encabezadas por UNICEF y el Banco Mundial, proyectaron y pagaron el sistema de aguas y cañerías de Bangladesh.
En este país, sólo una pequeña elite conocía el agua corriente. En el Bangladesh de los años 70, las diarreas, causaban la muerte de unos 250.000 niños cada año. Y fue esta situación lo que provocó la acción del humanitarismo internacional, que animó al Gobierno a crear pozos, tuberías y agua corriente; subvencionando la mayor parte de las obras.

 

Un cúmulo de negligencias

Algunos expertos denuncian que se incurrió en negligencias. La más grave: no analizar debidamente la composición de las aguas subterráneas, que en Bangladesh, tienen una concentración de arsénico sin precedentes.
El resultado ya lo saben: un lento envenenamiento que no se hizo público hasta bien entrados los años 90. ¿Y qué hacer? Porque volver atrás y abandonar el agua corriente es a estas alturas imposible, Resulta extremadamente difícil convencer a la gente de que vuelva a beber de turbios charcos y no en el agua fresca y transparente que sale del grifo, sobre todo después de haberles dicho durante décadas lo contrario.
 
Un consultor local de la OMS explicaba recientemente cómo los casos de envenenamiento han aumentado un 20% en los últimos años. Soluciones, por supuesto, hay muchas, pero todas adolecen de un mismo defecto: cuestan dinero. Por ejemplo, los filtros para purificar el agua se pagan a 30 euros por grifo, en un país donde la mayoría subsiste con menos de un euro y medio al día.
Son necesarios pozos más profundos para alcanzar las capas freáticas no contaminadas.
En esta espiral de los horrores, el arsénico está provocando, de paso, escenas que recuerdan a las epidemias de lepra en la Edad Media. En muchas aldeas, los infectados son segregados apartados del resto. Por ejemplo, los maridos se divorcian de las mujeres con verrugas o manchas, los niños afectados son expulsados de las escuelas y los hombres pierden su trabajo.
 
La OMS, la misma organización que combate con un presupuesto millonario la famosa pandemia del virus A H1N1, habla del “mayor envenenamiento de masas de la historia”.