Los secretos de la KGB al descubierto

El Servicio Secreto ruso tuvo su centro de mando en el cuartel de Lubianka, en Moscú. En 1992, muchos de los documentos allí custodiados llegaron a Inglaterra. Ahora ya son de dominio público.

En 1991 se disolvió el KGB, la célebre agencia de información soviética. Un año después, Vasili Mitrojin, quien fue el encargado de custodiar sus archivos desde la década de 1960, desertó de Rusia (siendo presidente Boris Yeltsin) y, tras viajar a Estonia, contactó con la embajada británica y le entregó, a cambio de asilo político y dinero, nada menos que más de 25.000 documentos secretos. Desde entonces y hasta la fecha, dichos dosieres habían sido custodiados en el Churchill Archives Centre de Cambridge. Y desde este verano, por fin han pasado a ser de dominio público; por medio de ellos podemos conocer un poco mejor las entrañas de la que fue una de las agencias de espionaje más poderosas del mundo, y descubrir una apasionante historia repleta de traiciones, agentes dobles y en la que tampoco faltan planes completamente insensatos...




Unos topos muy incompetentes

La apertura de estos archivos ha servido para desmitificar algunas historias legendarias del mundo del espionaje. La principal de todas, la que involucró a los cinco miembros del llamado Círculo de Cambridge. Lo formaban unos funcionarios de la Inteligencia británica (Kim Philby, Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross) que habían sido reclutados por el NKVD (el nombre inicial del KGB) y que trabajaron como topos al servicio de la Unión Soviética desde el inicio de la II Guerra Mundial hasta el comienzo de la década de 1960.

Durante años, la historia de los Cinco ha sido la mayor vergüenza del Servicio Secreto británico, para el que resultaba humillante que a lo largo de tres décadas sus enemigos le hubieran colado un nido de espías en su propia sede. Pero los archivos desclasificados demuestran que en realidad los soviéticos consideraban a estos dobles agentes un grupo de patanes incapaces. Los documentos describen a Burgess como un alcohólico irresponsable, y relatan incluso cómo en una ocasión, mientras salía ebrio de un pub, se le cayeron al suelo los dosieres secretos que debía entregarle a su contacto, una traductora de ruso llamada Svetlana Lojova. “Los papeles que Burgess había sustraído de la Oficina de Relaciones Exteriores estaban esparcidos por el suelo, y los transeúntes le ayudaban a recogerlos. Era algo insólito. Fue un milagro que nadie se diera cuenta del valor que tenían”, según el testimonio de la agente soviética recogido en dicho informe.

Una funcionaria pasó a Moscú los planes ingleses para fabricar la bomba atómica

Sus compañeros tampoco salen muy bien parados. De Donald Maclean afirman que era incapaz de guardar un secreto y que incluso llegó a revelarle a un ligue suyo que trabajaba como topo de los rusos. Aunque, afortunadamente para los soviéticos, parece que su pareja no se creyó su historia y pensó que se estaba tirando un farol para hacerse el interesante. Y de Blunt y Cairncross afirman que solo facilitaban a Moscú documentos rutinarios y carentes de auténtico valor. Únicamente Kim Philby es descrito como un agente brillante y eficaz. Y tal vez por ello, cuando los miembros del grupo acabaron siendo descubiertos y desertaron a la URSS, solo Philby obtuvo un puesto de responsabilidad en el Servicio Secreto soviético.

El caso contrario al de los Cinco de Cambridge es el de Melita Norwood, una funcionaria británica de aspecto sereno y venerable que falleció en 2005 a los 95 años, pero que, según los archivos desclasificados, fue una de las agentes más valiosas que tuvieron los rusos dentro de la Administración británica. Conocida con el apodo de Hola (así, en castellano), Melita, que trabajó para la Asociación Británica de Investigación en Metales no Ferruginosos, involucrada en el proyecto de la bomba atómica, facilitó importantísima información sobre el proyecto nuclear al Gobierno de Stalin. Tanto es así que los documentos reconocen que sin su colaboración los rusos habrían tardado muchos más años en fabricar su propia bomba H.

La invención del VIH

Calumnia, que algo queda. Haciendo bueno ese célebre dicho popular, el KGB  (como otras tantas agencias de espionaje) hizo de la intoxicación y la manipulación informativa una de sus principales estrategias. Los archivos revelan que la agencia se esforzó especialmente en hacer correr el rumor de que el virus del sida había sido creado en un laboratorio de Fort Derricks por orden de la agencia rival americana, la célebre CIA.

La operación comenzó enviando una carta anónima a un diario de la India llamado The Patriot, en el que alguien que afirmaba ser un científico estadounidense aseguraba poseer indicios de que el VIH había sido creado artificialmente. Como nadie pareció hacerle mucho caso a aquella misiva, los agentes del KGB reclamaron entonces la colaboración de alguna personalidad que pudiera darle un respaldo científico al montaje. El elegido fue el biólogo Jakob Segal, profesor de la Universidad Humboldt, en la República Democrática Alemana, y que anteriormente ya había colaborado en alguna operación con la Stasi. Los documentos no aclaran si Segal era consciente de que la historia sobre si el sida había sido creado por orden de la CIA era una patraña, o si realmente lo creía así. Pero lo cierto es que en 1986, durante un congreso médico celebrado en Zimbabue, hizo pública esta teoría conspirativa y negó el origen africano del virus, al tiempo que afirmaba que había sido fabricado en 1975 y que los responsables de extenderlo fueron los reclusos que habían sido utilizados como cobayas humanas durante el experimento. Hay que decir que Segal siguió defendiendo esta hipótesis hasta 1995, cuatro años después de la disolución del KGB.

Se hizo correr el rumor de que la CIA fue la que creó el virus del sida en 1975

Otra campaña de intoxicación tuvo como objetivo al líder antirracista Martin Luther King. Los documentos revelan los sucesivos intentos de desacreditar su campaña de no violencia, tratando de presentarle como un agente al servicio del Gobierno americano que recibía dinero a cambio de apaciguar a la población afroamericana.

Igualmente, la Agencia soviética se sumó al desconcierto que el asesinato de Kennedy provocó en la sociedad estadounidense, fabricando pruebas falsas que contribuyeron a enmarañar aún más el asunto. Los archivos demuestran que una de esas pruebas prefabricadas por los soviéticos fue una carta que el asesino Lee Harvey Oswald supuestamente habría enviado a un agente de la CIA llamado Howard Hunt en la que le pedía instrucciones. La misiva está fechada en octubre de 1963, un mes antes del magnicidio de Dallas. Pero los papeles soviéticos demuestran que en realidad dicha carta fue escrita una década después, aprovechando que el nombre del agente Hunt figuraba en la lista de los implicados en el escándalo Watergate, lo que le convertía en un candidato idóneo para parecer un instigador creíble de una conspiración para acabar con Kennedy.

Se espía hasta al Papa

Los informes desclasificados también revelan que uno de los mayores éxitos de la Agencia fue lograr pinchar durante al menos un año el teléfono privado del diplomático estadounidense Henry Kissinger. Aunque a nivel práctico no parece que sirviese de mucho, como se deduce del comentario realizado en un informe por un funcionario soviético: “Las conversaciones privadas del doctor Kissinger son esencialmente anodinas. Ni referencias a mujeres, ni comentarios salidos de tono, ni nada que pudiera resultar comprometedor para su figura”.

Otro personaje que tuvo en un desvelo permanente a los agentes del espionaje soviético fue Juan Pablo II. Los archivos corroboran que la Inteligencia rusa rodeó al Papa de una legión de espías que debían enviar información detallada sobre los gustos y la personalidad del polaco. ¿Qué bebe, cuándo y cuánto? ¿Quién le lava la ropa? ¿Qué atención médica recibe? ¿Cada cuánto se afeita? ¿Le gusta el juego? ¿Qué documentos de trabajo maneja? Eran solo algunas de las preguntas que cuya respuesta los espías tenían que a averiguar. Pero ninguno pudo encontrar nada comprometedor que sirviera al KGB para chantajearle.

Otros documentos también recogen que en vísperas de la visita que el pontífice iba a realizar a Polonia en 1979, el líder soviético Leónidas Breznev tuvo una intensa conversación telefónica con el Presidente polaco Gierek. “Di al Papa que anuncie públicamente la suspensión del viaje a Polonia por enfermedad”, ordenó el ruso. Ante la negativa de su homólogo, Breznev colgó el teléfono, no sin antes advertirle de que hiciera lo que le diera la gana, pero “luego tú y tu partido no lo lamentéis”.

Aficionados a los venenos

La parte más oscura de esta historia es la que se refiere a las acciones de sabotaje y a los asesinatos a sangre fría organizados y ejecutados por la Agencia. Los documentos desclasificados detallan, por ejemplo, un minucioso plan para hacer saltar por los aires el puerto de Nueva York, aunque se especifica que una acción tan extrema únicamente se llevaría a cabo en el caso de que se declarase una guerra abierta entre Estados Unidos y la URSS. Y otros documentos similares revelan que los agentes soviéticos desplazados  al territorio americano eran bastante diligentes y poseían información minuciosa sobre los sistemas de comunicaciones y del suministro eléctrico, para poder neutralizarlos en caso de conflicto armado.

En una estrategia similar se engloba otro proyecto cuyo nombre en clave era Operación Cedar, y que estaba destinado a destruir refinerías de petróleo situadas en Canadá, así como la muy importante red de oleoductos y gasoductos que va desde la Columbia Británica hasta Montreal. Este plan tardó doce años en ser completado. Evidentemente, ninguno llegó a ponerse en práctica.

Más siniestro resulta todo lo relacionado con los asesinatos políticos. Los documentos desclasificados confirman lo que era un secreto a voces. Que fue el KGB quien asesinó al escritor Georgui Markov, un disidente búlgaro exiliado en Inglaterra. Se trata de una historia que parece sacada de una novela de John le Carré. Markov caminaba por el puente de Waterloo, en Londres, cuando un desconocido le pinchó con la punta de un paraguas. Horas después comenzó a sentir fiebre y por eso ingresó en un hospital, donde falleció tres días más tarde. Los médicos certificaron que había muerto envenenado por ricina, y la autopsisa realizada por Scotland Yard descubrió un pequeño perdigón de 1,52 mm incrustrado en la pantorrilla del difunto. El proyectil había sido disparado por un arma de aire comprimido camuflada en el paraguas, y los informes soviéticos nos confirman ahora que el autor del crimen fue un asesino a sueldo italiano llamado Francesco Gullino, apodado “Piccadilly”.

Otro asesinato de características similares fue el de Nikolai Joklov, un agente soviético que desertó a Occidente y que se hizo muy popular contando historias como que sus superiores le habían preparado armas tan sofisticadas como una pitillera de oro que disparaba balas camufladas como cigarrillos. Quizá estos relatos solo fueran fantasías, pero aun así, los archivos revelan que el KGB no le perdonó su traición y que acabó con él envenenando su comida con talio radiactivo. El desertor se desplomó muerto mientras daba una conferencia poco después de degustar su letal almuerzo.

Igual de retorcido resulta el plan diseñado para asesinar al mariscal Tito, el líder de la antigua Yugoslavia, quien, aunque marxista, mantenía posturas muy encontradas con la URSS. Los documentos revelan que el agente Iósif Grigulevich (el mismo que supervisó la operación para asesinar a Trotsky, que fue ejecutada por el español Ramón Mercader) ideó una estrategia para matar a Tito usando un polvo que contenía una variante de la cepa de la peste bubónica. Pero la acción fue cancelada por la súbita muerte de Stalin. También se salvó in extremis (aunque en su caso fue gracias a una jugada del azar) el presidente de Afganistán Jafizulá Amín. En 1979, el KGB intentó asesinarle envenenando su comida, para lo que logró infiltrar como cocinero a uno de sus agentes, Mitalin Talybov. Afortunadamente para Amín, una confusión al servir los platos hizo que fuese su hermano quien comiese el que estaba emponzoñado.

El secuestro del director de ‘ET’

Los archivos del KGB también revelan la existencia de planes que jamás llegaron a ponerse en práctica, de tan demenciales como resultaban. Así, por ejemplo, los documentos certifican que alguien en la agencia planteó la posibilidad de mutilar (amputándole las piernas) al bailarín Rudolf Nuréyev tras su deserción de la Unión Soviética en 1961.

Se plantearon raptar a Spielberg para que rodara una película antiamericana

La lista de celebridades que estuvieron en el punto de mira de la agencia soviética es bien extensa. Así, el mismísimo Stalin ordenó asesinar a John Wayne con la intención de dejar a EEUU huérfano de uno de sus grandes iconos cinematográficos. Aunque la orden fue finalmente anulada por Nikita Kruschev. Pero quizá el proyecto más delirante de todos fue el que proponía secuestrar al mismísimo Steven Spielberg tras el éxito de ET, con el fin de llevarlo a la URSS y forzarle a rodar un filme de propaganda antiamericana. Por supuesto, en caso de que se hubiera negado a colaborar, habría sido eliminado.

Pero anécdotas como estas, que pueden resultar ridículas, no eclipsan la imagen del KGB como una agencia minuciosa y eficaz. Entre los veinticinco mil informes desclasificados hay archivos que demuestran cómo los agentes rusos en Occidente llegaron a infiltrase con éxito en algunos de los proyectos que empresas como Boeing e IBM realizaron conjuntamente con el Departamento de Defensa estadounidense. Así facilitaron a Moscú valiosa información sobre los misiles Trident y Tomahawk.

Ni la religión se escapó de sus manejos. 

Los archivos certifican que en 1975 la Agencia ordenó fundar una asociación espiritual llamada Tierra Madre para estrechar los lazos con los rusos expatriados, pero cuya finalidad en realidad era infiltrarse en el Consejo Mundial de las Iglesias. Incluso se recoge cómo los Servicios de Seguridad de la URSS realizaron una mención de honor a Alexis II, el patriarca de la iglesia rusa, por los servicios prestados. Un detalle que ha avivado los rumores de que este líder religioso fuera un agente al servicio del KGB, aunque los documentos desclasificados no lo confirman.

Y hay muchísima más información que habla del apoyo económico a grupos terroristas, a las guerrillas africanas, del soborno a políticos europeos (especialmente italianos y británicos)... Un plato muy sabroso. Solo falta esperar que se desclasifiquen también los archivos de la CIA y del MI6 británico, y tendremos completo el menú de las operaciones de las grandes agencias de espionaje.